| CRONICA DE "PEREGRINACION" A LOURDES |
| Lo primero que hago es pediros perdón, por si lo que ahora escribo resulta largo, pero son tantas las cosas vividas en estos días, que si las quiero referir todas, o casi todas, no tengo más remedio que extenderme. Pero vamos a dejar el preámbulo, porque si seguimos así lo haremos más largo todavía. Todo empezó en los primeros días del mes de marzo, cuando fuimos Chari, y yo a ver a la Madre Margarita, (Margarita en lo sucesivo, como con todo el cariño y respeto la llamamos nosotros) a hacerle una de esas acostumbradas visitas, cuando nos informó que el Colegio de la Congregación de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia de Barcelona estaba organizando una peregrinación al Santuario de Lourdes, para los próximos días 10, 11 y 12 de mayo del presente año jubilar, con motivo del 150 aniversario de la aparición de la Virgen María. Margarita, llena de vida y de ilusión, nos pintó la cosa de tal modo, que poco menos que tenía ya organizada la forma de desplazarnos hasta Barcelona, para unirnos al grupo de la peregrinación. Fue en este momento cuando nos habló de la Madre Teresa (también con todos los respetos, otra que tal baila), y de Goyita, incansable experta organizadora de toda la infraestructura de las peregrinaciones, después de 42 organizadas. En estas fechas Chari, mi mujer, estaba terminando el proceso de recuperación de la rotura de la cabeza del fémur de la pierna derecha, que se le rompió tras una caída, de esas que llamamos tontas, a finales del mes de octubre del pasado año, por lo que convinimos con Margarita, que a partir del 7 de abril, fecha que tenía la revisión, decidiríamos nuestra participación, a tenor de lo que dijera el traumatólogo. Y el traumatólogo dijo lo que tenía que decir: que le daba el alta, posibilitando así que pudiéramos participar en esa bella peregrinación que no olvidaremos en la vida. El mismo día 7, y con la ilusión que nos había contagiado Margarita, fuimos a verla para anunciarle que podíamos acudir, y para sacar los pasajes a Barcelona, fijar las fechas de salida y regreso, y el resto de los detalles de estancia, etc. Y llegó el día 8 de mayo, fecha de la partida del primer grupo sevillano, compuesto por las Madres Margarita y Maruca, el matrimonio Membrillo Bonilla, Lola, y nosotros, siete personas en total, que cuando llegamos a Barcelona, empezamos a vivir el cariño y la hospitalidad demostrada desde primera hora. Allí estaba Teresa esperándonos, junto con un conductor de excepción: el propietario de la empresa de la limpieza que atiende al colegio, que dejando sus obligaciones no tuvo reparos a atender a la llama de Teresa para recogernos con su furgoneta donde entramos los nueve con los respectivos equipajes. Y llegamos al Colegio, donde nos esperaba el resto de la Comunidad: Las Hermanas Gloria, Gema, Ana y Rosalba, y también Goyita, que es lo mismo que decir nos esperaba el cariño, la hospitalidad, y el hacer todo lo posible para que nos sintiéramos como en nuestra propia casa. Tened por seguro que lo consiguieron. El jueves lo completamos dando un paseo por la Rambla Prim hasta el Foro esperando la hora de la comida, y después visitando el centro de la Ciudad hasta la hora de la cena. Y podemos decir que no era precisamente tener un sitio donde comer las buenas comidas que había preparado Paquita, sino convivir con el extraordinario grupo de personas que acabábamos de conocer, sin duda gran preludio de lo que nos tocó vivir en la peregrinación a Lourdes. El viernes, día de tránsito entre la llegada y salida hacia Lourdes lo dedicamos también a conocer la Ciudad, no importándonos la lluvia, que aunque escasa, hizo acto de presencia. Así, y con paraguas, paseamos por la Rambla, fuimos a la Catedral, y conocimos en fin, un montón de los monumentos más emblemáticos y bellos, hasta que llegó la hora de volver al Colegio, y encontrarnos allí con el resto del grupo sevillano: las madres Leonor y Ana, y Sebastián. Llegada la hora de la cena, tuvimos oportunidad de conocer el resto de peregrinos que salíamos desde el Colegio, las Hermanas Nieves, Belén, y también a Guillermina, y como no, a Mosén Pau, que con sus noventa y tres años merece capítulo aparte, que ya tocaremos en su momento. Y por fin, el sábado. Y sin importarnos el madrugón nos fuimos a la Parroquia iniciando allí nuestra peregrinación, recibiendo el libro-devocionario y la medalla. Y tened por seguro que desde ese mismo instante empezamos a vivir como peregrinos, como nos aconsejó nuestro amigo Juan Vega, buen conocedor de Lourdes por haber participado desde Sevilla, ya en varias ocasiones en las peregrinaciones que organizaba el Padre Leonardo, de feliz memoria, “Costaleros para un Cristo Vivo”, en la que cada enfermo o impedido que acude lleva a un voluntario que se encarga de él desde la salida hasta el regreso. Por delante, teníamos un camino de ocho horas, que iniciamos con lluvia, pero que cuando llegamos a Lourdes desapareció para dejarnos una tarde que nos permitió empezar a vivir las emociones que, sin solución de continuidad, nos esperaban. Y ya, después de la comida, y con la bandera pontificia por delante, nos encaminamos a bajar al Santuario, visitando antes que nada desde el otro lado del río la gruta, y haciendo nuestra presentación y rezando las preces de rigor. A continuación celebramos la Misa del Jubileo, para después subir a cenar, y bajar posteriormente a celebrar la Hora Santa, de la que os puedo decir que ha sido de las de mayor recogimiento y devoción por nosotros vividas. Y después empezó a vivirse una noche mágica y esplendorosa, pues tuvimos oportunidad de conocer el rosario con las velas. Como no era nuestro rosario, pues a nosotros nos tocaba al día siguiente, Chari, Lola y yo nos dedicamos a verlo corriendo de un lado a otro, a todos los puntos a los que podíamos acceder, pues no dábamos crédito a lo que estábamos viendo, a pesar de que nos habían hablado de ello. Ya comenté cuando estuvimos contando las experiencias de la peregrinación que siendo sevillano y viviendo en la tierra de María Santísima, me parecía que era aquí, en Sevilla, donde más se quería a la Virgen; tengo que reconocer que estaba equivocado, pues después de dos días, viviendo en ese trozo de cielo que se quedó en la tierra desde de su aparición, pude comprobar el cariño, fervor, fe y respeto que se le tiene a María por parte de todas las personas de diferentes razas, lenguas, etc., que peregrinan; pude comprobar que de allí sale toda la cantidad de amor que necesitamos las personas; pude comprobar, en fin, tantas cosas…… Por eso no me extraña nada en absoluto que vosotros, los que la tenéis más cerca acudáis cada vez que podéis. Nuevo madrugón el domingo, aunque en comparación con el
sábado ya era casi medio día, para disponernos a celebrar
el Vía Lucis. Y bajamos del monte, y tras el breve descanso que nos permitía llegar a la Capilla, participamos en la Misa de Pentecostés que, como dije antes, volvió a ser otra celebración llena de catequesis, a la que también aportó su sabiduría el Padre Ruperto, de quién únicamente puedo decir, y con esto creo que lo digo todo, que si una persona es tan querida como se lo demostró todo el mundo, es, precisamente, por el bien que ha hecho, y que seguirá haciendo esté donde Dios y la Virgen María quieran tenerlo. Y ya, después de la comida conocimos otro de los momentos culminantes de la peregrinación: la Procesión del Santísimo. Y atendiendo a las recomendaciones de Teresa, nos fuimos directamente a la inmensa Capilla de San Pío X para coger un buen sitio donde vivir la culminación de la procesión. Y como todo lo que está dentro del santuario, la gruta, (donde vamos a pedirle a María que nos haga el milagro de la curación física o espiritual), las capillas, el vía crucis, también esta Capilla, a pesar de su inmensidad era lugar de absoluto recogimiento y de oración, aunque algunas veces, principalmente cuando entraban los enfermos e impedidos, se te fuese la vista y la mente a comprobar con qué fe, van a pedirles, los que pueden directamente, y los que no a través de sus familiares, que sea en este caso el Altísimo el que recoja sus plegarias y les dé el bien que tanto necesitan. Como dije también cuando se comentaron las experiencias, tuve la sensación de que mis peticiones, aunque muy importantes para mí, en este acto, y también en la gruta, eran de poca monta en comparación con lo que allí se estaba viviendo. Aún nos quedaba vivir otro momento culminante del que ya hice anteriormente algún comentario: la procesión de las antorchas. Y como en esta ocasión sí era la nuestra, nos dispusimos a participar desde el primer momento en la concentración detrás de la bandera. Puedo deciros que participar en ese Rosario que se rezaba en diferentes lenguas, y en el que participaba todo el mundo, viniera de donde viniera, constituía la mayor expresión de unión y amor bajo el manto de María de toda la Humanidad. Y el lunes nos quedaba todavía celebrar la Eucaristía y rezar el Rosario en procesión hacía la gruta para despedirnos de la Virgen. Y no nos importó madrugar de nuevo, pues por lo menos en lo que a nosotros respecta, lo único que queríamos era volver a ese bendito lugar que recordaremos siempre. Y después del Rosario, al pasar por la carpa donde está permanentemente expuesto el Santísimo, Chari y yo entramos a hacerle una visita en la que algo nos debió pasar, pues perdimos la noción del tiempo, y tuvimos que despedirnos por nuestra cuenta. Pero aunque la despedida no fue con el grupo, y no entramos en las fotos para el recuerdo, no importó tampoco demasiado que fuese así, pues aunque he tenido la dicha de cazarlas de la página web, tengo tan metidos a los participantes en la mente, que no hacen falta fotos para recordarlos. Y si para los residentes en Barcelona y otros puntos la peregrinación terminó cuando llegamos por la noche al Colegio, a nosotros los sevillanos todavía nos tocaba estar un día más al lado de esas mujeres que para mí ya tienen el Cielo ganado: nos tocaba estar con la vitalidad de la Hermana Gloria, a pesar de que utiliza bastón; nos tocaba estar con la serenidad de la Hermana Gema; nos tocaba estar con la sabiduría de la Hermana Rosalba, que además me enseñó a sacar unos extraordinarios cafés de la máquina; nos tocaba estar con el revuelo y los nervios de la Hermana Ana, quién diría que hubo un momento en que le tocó pasarlo mal; nos tocaba también estar con la Hermana Nieves, sí, la de los cánticos que también trabajó lo suyo sin descanso alguno; con la Hermana Belén, ¡qué bien se nota que está cerca de nuestro Pontífice por la santidad que se releja en su cara!; con Goyita, que como estratega, para sí la quisieran algunos ejecutivos de las grandes empresas; con Guillermina; con Paquita; y …con la Madre Teresa, que lo único que puedo decir de ella es que es un compendio de todo lo que está a tu alrededor, por lo que se ha ganado ya el Cielo un montón de veces. Y al igual que cuando llegamos tuvimos un conductor totalmente desinteresado, cuando nos fuimos apareció el Sr. Juan que de igual manera nos llevó al aeropuerto para nuestro camino de vuelta. Y el grupo que formábamos los sevillanos, las madres Margarita, Leonor, Maruca y Ana, Sebastián, Mercedes y Antonio, Lola, Chari y yo, (mi nombre es Enrique), aterrizamos en Sevilla, haciendo desde ese mismo momento el más bello apostolado: hacer saber a todo el mundo que a pesar de la época que estamos viviendo, todavía hay fe, amor y respeto al Señor y a su Bendita Madre. Gracias a todos los que han posibilitado que hayamos vivido estos días
de santidad y confraternidad y especialmente a ti Margarita que fuiste
de la que ser sirvió la Virgen para nuestra incorporación
en la peregrinación. Que Jesucristo y María les bendiga
a todos. |
| San Juan de Aznalfarache
(Sevilla), 21 de mayo de 2.008 |